martes, 12 de enero de 2010
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miércoles, 4 de marzo de 2009
Historia de El Costras
HISTORIA DE EL COSTRAS (TODO PARECIDO CON
El Costras era para sus padres, tíos o abuelos, así como para sus vecinos, sus compañeros de colegio, profesores, director del centro, niños gitanos del barrio, o ancianita con la que se topa uno los domingos en el parque, etc., un ser totalmente repugnante. Nadie se explicaba qué motivo, qué situación extrema, qué radiación de qué antena de qué compañía de telefonía podía haberle llevado a convertirse en el monstruo desgraciado que era el Costras. Sin embargo, el Costras era un niño feliz.
Muy pocos expertos en el tema de
El Costras siempre fue un artista autodidacta. Utilizaba su propio material escolar. Su nariz era su propia fuente de material plástico. Allí conservaba sus ceras favoritas, y nunca necesitaba usar la plastilina. Las mucosidades eran una fuente inagotable de texturas y colores, por no hablar del sabor, y de la sorpresa de encontrarse el resto de una viruta de lápiz envuelta en aquella sustancia verdosa. El Costras temblaba de emoción cada vez que acudía a uno de sus orificios nasales: ¿se encontraría con uno húmedo, uno seco, o mixto?, ¿sería verde, amarillento, de colorines? Jamás olvidaría la primera vez que se topó con uno color rojo: la intensidad con la que brillaba, la capacidad única de impregnarse el color en los dedos y en todo aquello, y en todo aquel, en el que posaba aquel moco sangrante… el Costras era muy feliz.
Existían para el Costras otras fuentes de exploración igual de gratificantes. Su primer acercamiento a la ciencia fue en los urinarios del colegio (el hecho de que el Costras estuviera orinándose y se encontrara en un servicio público es pura coincidencia): oyó decir a uno de sus compañeros de colegio que “una vez un niño se murió por beber pipí”, el Costras demostró empíricamente la falsedad de tal aseveración, y como todos los niños huían de él, se aseguró de que quedase inmortalizada la experiencia dibujándola con pasmoso detalle en las alicatadas paredes del lugar. El material utilizado, sorpresivamente, lucía un espléndido colorido compuesto de un sinfín de ocres.
El Costras no entendía porqué nadie más compartía su afición, o mejor dicho, su pasión. Sus inocentes ojos infantiles no le permitían ver nada obsceno o desagradable en añadir la pelusa del ombligo al dibujo que les había puesto su profesora para que colorearan. Si al fin y al cabo no se había salido de la raya ni una sola vez. La pelusa en cambio le daba al trabajo final un relieve y un contraste altamente notables. No entendía por qué su profesora estaba en contra de él: era un niño formal, nunca interrumpía la clase para ir a orinar (no le hacía falta moverse) o ir a beber agua (como nadie le hablaba se dedicaba a acumular su propia saliva en los carrillos, la saliva puede ser una fuente inagotable de recursos, sacia la sed y es un disolvente eficaz).
Con tan solo 11 años de edad, el Costras haría su primer ingreso en un correccional: El llegar a esta edad pre-púber le otorgó el descubrimiento de una nueva sustancia con la que jugar (de dos quizás: el Costras no llegó a discernir si aquella sustancia blanquecina que emergía del acné de su rostro, se trataba de la misma que conseguía expulsar en cantidades ingentes con el adecuado entrenamiento), cuya obtención encontró enormemente satisfactoria, pero que en cambio, no tardó en escandalizar a las autoridades.
Nuestra sociedad, de esta manera, acabó una vez más con un joven talento, un ser creativo y original, tachado de desviado, quizás de criminal o de loco, pero un ser valiente al fin y al cabo que, venciendo el miedo, o el asco, o las convenciones sociales, llegó a explorar, conocer y a darle sorprendentes y extraordinarios usos a capacidades casi ignotas del cuerpo humano, desafiando las capacidades físicas humanas, rozando el concepto de súper hombre.
De el Costras no se sabe nada hoy en día. El Costras era uno de esos niños de los que uno se acuerda de cuando estaba en Primaria pero que nadie lo vuelve a ver en la vida, probablemente porque acaba siendo una persona acomplejada y agorafóbica que no conoce las bondades de las nuevas tecnologías, tales como la lavadora, el calentador de el agua o el extractor de humos; y que probablemente dedique horas al estudio de la ley del caos a través de los patrones que describen sus propios vómitos al ser derramados.
FIN