
A los tres días, apestan. Es un olor nauseabundo, el de los peces en descomposición. El olor que querríamos capturar para poder liberar en crueles dosis ante quienes abusan, atacan o se callan cuando podrían manifestarse, es un olor que duele. Es un olor con el que uno se desazona, a uno se le turba la cabeza y se le revuelve el estómago, como con el movimiento de la embarcación o del carruaje y también en el principio o el curso de algunas enfermedades. Es un olor que marea, ¡qué gran ataque!
Y es que siento algo que no sabía que existía. Y es que nos pierde la boca, nos gana la nariz, nos pierde el olfato, nos gana la cocina. Y es que las escamas sin olor no son lo mismo, sino una cota de malla perfecta, adaptable, viscosa, chorreante.
Y todo se reduce a la pescadilla que se muerde la cola.Y todo se reduce a echarle agallas a las cosas.
Y todo se reduce a fuego lento.





