
Pétrea mi mano toca: invierno,
azucarada dermis adornada,
helor del ocaso, día en que el hada
decide condenarme al averno.
Férrea como ese disco postmoderno,
pasado el vals bailado, tu mirada
ya no suena vermellón, ni a abogada
del ósculo tácito sempiterno.
Queriéndose llamar como las mieles
que son en realidad zumo de caña,
deseando ignorar todas las hieles,
sabiendo que es a sí a quien engaña,
mi axón convence a sus hermanos fieles:
«No recurráis aún a la guadaña».

