19 en el Aleph de Borges

"Una copita del seudo coñac - ordenó - y te zampuzarás en el sótano. Ya sabes, el decúbito dorsal es indispensable. También lo son la oscuridad, la inmovilidad, cierta acomodación ocular. Te acuestas en el piso de la baldosas y fijas los ojos en el decimonono escalón de la pertinente escalera. Me voy, bajo la trampa y te quedas solo. Algún roedor te mete miedo ¡fácil empresa! A los pocos minutos ves el Aleph. ¡El microcosmo de alquimistas y cabalistas, nuestro concreto amigo proverbial, el multum in parvo!

Repantiga en el suelo ese corpachón y cuenta diecinueve escalones.

¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Cada cosa era infinitas cosas, porque yo claramente las veía desde todos los puntos del universo"


Artículo 19
de la Declaración Universal de los Derechos Humanos

* Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.



Los cielos cuentan la gloria de Dios, Y la expansión denuncia la obra de sus manos.

Biblia, Libro 19 (Salmos), 19:1

viernes, 14 de noviembre de 2008

Smoke II (Día 6)

Ayer la cristalera era otra, las vistas eran otras, existía el horizonte, no había blanco tiznado de manchas negruzcas frente a mi, ni sonido de coches pitando. Ayer no pasó la policía con su urgencia de media mañana y no eché de menos la presencia de la gente detrás del cristal.

Desde mi privilegiado otero podía ver a lo lejos el horizonte en el que se deslizaban los aviones que despegaban de la T4 como agujas que quisieran coser el cielo a la tierra, hacer que se confundieran, que se mezclaran. Alguien hablaba en la sala, yo no escuchaba lo que estaba diciendo, asentía para intentar disimular, para que no se notara que mi mente no estaba allí, que se había ido saltando de azotea en azotea por los edificios sobre los que flotaba esta décima planta donde se situaba la sala de formación.

¿Cómo puede cambiar tanto la percepción de la realidad añadiendo simplemente diez pisos de altura?

Todo parecía igual que en la pecera. Allí también predominaba el color naranja corporativo, los revestimientos, imitación de madera de almendro, y los estores como los párpados de esta lente que deforma el mundo y tras la que me pasé dos días completos. Pero aquí la distorsión fue para bien, las cosas mejoraron, no veía peatones apresurados con la cabeza oculta entre los hombros, sólo el cielo enmarcado por edificios de ladrillo rojo oscuro a ambos lados y por una corona de nubes que cambiaban de color a medida que pasaban las horas. El cielo infinito surcado por aviones diminutos, de juguete.


Hoy he vuelto a la rutina, a mi sitio, a mi pantalla parpadeando, al chirriar del parqué levantado por las humedades. Sin embargo me he pasado la mañana entera silbando y sonriendo sin prestar atención apenas a lo que sucedía afuera, no creo siquiera que haya acontecido nada tras el cristal digno de ser mencionado. En los fugaces vistazos que he dirigido hacia él me ha parecido ver el que el árbol triste del lodazal se desplazaba para dejarme ver un poco del azul que se intuía al final de la calle que corta perpendicular la avenida.

Hoy todo ha sucedido detrás de mis silbidos.

3 comentarios:

chá dijo...

fetrás de lo silbidos...hay veces que nos escondemos detrás del humo del cigarro como si pudiera ocularnos y defenderns de sepa Dios que´...

que mas da...

besitos

Yo soy Joss dijo...

acuerdate de mirar al cielo cada vez que salgas de la pecera, curiosamente siempre está ahí...

(oye, me ha encantado eso de que los aviones quieren coser el cielo con la tierra, qué bueno)

Argax dijo...

Pero Chá, esconderse es natural, no podemos estar todo el día luchando a pecho descubierto con las circunstancias que nos rodean. Al menos nosotros no utilizamos las cuevas, nos quedamos ahí, en el límite de la realidad, mirando muy desde muy cerca, a la espera de recuperar las fuerzas para lanzarnos de nuevo.

Joss, lo hago, es lo primero que intento hacer cuando salgo de allí. Además pronto la pecera se romperá como si de una peli mala de acción se tratara, una de esas en las que el protagonista agarra a un enemigo y lo estrella contra el cristal que se rompe. Cuando eso suceda el estruendo del agua y los coletazos de las pirañas ensordecerán a todo el que esté cerca. Yo creo que ya tengo elegido el villano que arrojaré contra el cristal para que se rompa. De momento queda alguna entrega más.

Lo de los aviones, pues también es una vieja imagen, las suelo conservar, les cojo cariño. Como las gaviotas, las cigüeñas con el pico lleno de basura y otras que irán saliendo...

Un beso fuerte para cada uno.